Cuentos

Mi Familia (III), Canarias

Renault 4.4

La primera vez que me subieron a un avión fué a principios de junio de 1958. El ascenso de mi padre estaba comprometido, pues debía ascender de sub-director a director y esa plaza ya estaba ocupada en la ciudad donde nos encontramos, Zaragoza y a la dirección de la compañía se le ocurre que podía ser una buena solución trasladarlo hasta Canarias para una vez allí desarrollar el proyecto de crear una nueva delegación, generando tanto su centro neurálgico operativo, como los canales de distribución, apertura y gestión de la bolsa de clientes, etc…

Para eso debió pasar antes por un curso de perfeccionamiento en Madrid, motivo por el que nos trasladamos toda la familia y por un corto tiempo vivimos muy cerca de la Plaza Mayor de Madrid y de la calle Lavapiés y tras unos cuarenta y cinco días, nos trasladamos desde el aeropuerto de Barajas a Canarias. Despegamos en un cuatrimotor, de los primeros que Iberia disponía para hacer el vuelo hasta canarias, en un trayecto que duraba prácticamente cinco horas.

Llegamos al aeropuerto de Las Palmas de Gran Canaria cercana las ocho de la tarde y al menos el representante de la empresa en Canarias, nos recibía en el aeropuerto y nos acercaba hasta el Parque de Santa Catalina en un coche Renault de la época y nos alojamos en un hotel cercano al Parque, aunque hoy día se ha transformado en un edificio de viviendas. No recuerdo su nombre, aunque años después volvimos a él y ciertamente se notaba que requería una renovación, aunque eligieron transformarlo en edificio de viviendas, aunque veo en Google que conservaron en su azotea la piscina que tenía.

El énfasis que pongo en este hotel, lo pongo porque en él fué donde vuestra abuela y yo, concebimos a vuestro padre.

Rafael Almeida, nº 1

La época Canaria me marcó para el resto de mi vida y es precisamente por eso que cuando llegó una edad cercana a la jubilación, busqué la forma de poder trasladarme a Canarias para poder residir aquí el resto de mis días. Anécdotas de esta época, cientos, miles puesto que iba aprendiendo de cosas, formas, modos y cientos de temas, a través de la visión de una España muy lejana a la que acabábamos de dejar.

Mi primer ejemplo. En el hotel no servían cenas, motivo por el que los días en los que estuvimos en él, por las tardes debíamos ir a un cenador que se encontraba justo al lado en la calle León y Castillo. Ahí me llamó la atención algo que no había visto nunca, un inglés, algo mayor, que todas las noches pedía sopa y el le echaba a cualquiera que hubiera, desde un tubo como los dentífricos, una «pasta de chocolate».

Pocos días después nos trasladamos a una casa típica Canaria en La Isleta que entonces estaba tan distinta a la de hoy como lo está el resto de Las Palmas de Grancanaria.

En portal número 1 de la calle Rafael Almeida, en la segunda planta pasamos el resto de nuestro tiempo en Las Palmas y ahí pude contemplar algo insólito en la península y raro en Canarias, pues sucede cada 15 a 20 años, estoy hablando de una tormenta de Langosta Africana. Resulta impresionante ver como llegan volando y llegan a ser tantas, que tanto la superficie del suelo de la terraza, como las barandillas, así como la propia calle, se llenan de una alfombra que puede tener dos u tres centímetros de estas langostas y que no dejan ver los detalles habituales del paisaje.

Estoy escribiendo estas líneas y acabo de recibir la noticia de que en Lanzarote se ha producido una de estas avalanchas de langosta africanas cosa que no sucedía en Canarias desde 2004, y la anterior de 1958 que es a la que yo hago referencia y que pude vivir personalmente.

A los pocos días de nuestra llegada cumplo mis ocho años de edad y cumpliendo la promesa que me habían hecho para obtener mi conformidad al traslado, me regalaron unos patines de los de cuatro ruedas, ya que los Reyes de las navidades anteriores me habían traído una bicicleta, que después de haber aprendido a montarla, debimos dejarla en Zaragoza.

El resto del tiempo simplemente transcurrió, con vivencias que me marcaron puesto que veníamos de una España completamente retrógrada, con cantidad de modismos y compromisos arcaicos a una España completamente distinta ya que la situación de las islas pasaba por un modernismo absoluto, debido a que la situación aduanera era de libre mercado, con impuestos muy inferiores a la península y se notaba por todas partes la presencia de personas de otras nacionalidades que daban una imagen completamente opuesta. Como ejemplo, mientras que en la península se exigían unos bañadores sobrios, por decirlo de algún modo, aquí prácticamente nadie los usaba y si se veían ya los biquinis. Las tiendas, sobre todo las de los indios, resultaban de un colorido y variedad impresionante, además de económicos. Hay que decir que hoy día todo ha cambiado y esas tiendas de indios resultan muy ocasionales y sin la oferta que entonces ofrecían ya que el comercio indio hoy día se encuentra en manos de indios pero de tercera generación nacidos en España y los puertos Canarios ya no tienen la condición de «puertos libres» por lo que resulta difícil la obtención de productos como sucedía anteriormente.

De otro lado, mi madre se encontraba encantada con los precios ya que la condición en la que envían a mi padre suponía gozar de una economía doméstica muy superior a la de Zaragoza y si tenemos en cuenta que los productos en las islas eran ciertamente mucho más económicos que en la península, pues…, que decir. Ahora bien, esto no era óbice para que a los pocos meses de nuestra llegada, se encontrase agobiada por la lejanía de los suyos. En aquellos tiempos no había ni teléfonos móviles o internet, o por mejor decir, no había teléfonos de línea. Eran muy pocos los que podían gozar de ese simple disfrute y para ponerse en contacto con los tuyos, se debía ir a un local (locutorio), en donde indicabas el teléfono con el que deseabas conectar en la península y el empleado de turno te indicaba a la hora aproximada en la que se podría obtener línea, ya que esto suponía que del otro lado, debían también avisar al destinatario de la llamada para que acudiera al locutorio. Esta situación hacía que te sintieras algo más lejano de lo que era en realidad, máxime cuando una carta normal tardaba unos diez a quince días en llegar a su destino, y enviar una carta aérea tenía unas tasas que salvo que fuera muy urgente era preferible no utilizarlo, puesto que aún así el envío aéreo tardaba entre tres y cuatro días si la localidad a la que lo enviabas no tenía aeropuerto que en aquellos momentos. En España solo existían los de Madrid-Barajas, Barcelona-El Prat, Málaga (El Rompedizo), Palma de Mallorca y Gran Canaria.

Los Rodeos-Tenerife, estaba activo desde 1929, pero no es hasta 1964 que no admite reactores o cuatrimotores ya que no disponía de una pista asfaltada adecuada.

Parque de Santa Catalina – Las Palmas

A todo esto, se cruzó el destino. Aquí suele llover poco, y en día cualquiera en el que estaba lloviendo, mi padre coge el furgón donde transportaban pequeños productos para su distribución y se ofrece para conducirlo. Bajando por una calle por donde se encontraban las vías del tranvía, mete una de las ruedas en la vía, pierde el control al entrar en deslizamiento y sale despedido hacia el bordillo de la acera, lo que provoca un salto del vehículo que le provoca la fractura del fémur. Los vehículos en aquellos tiempos no se fabricaban con determinadas comodidades y menos los denominados industriales, por lo cual el asiento del conductor, al igual que el de el acompañante, estaban diseñados con tubos encorvados, dando la forma del asiento, cruzados por muelles tensos, sobre los que se colocaba una almohadilla, tanto en el asiento como en el respaldo, pero la presencia de un tubo cruzado que fijaba la parte delantera del asiento y que fué contra el que se fracturo el hueso, al rebotar en la subida al bordillo.

El caso es que como resultado fué intervenido y como anécdota del proceso, el proceso se produjo con las más novedosas técnicas de la época, pues fué de los primeros en los que se utilizó la técnica de los «clavos de Kirchner», aunque por ser en sus principios, los resultados todavía adolecían de una mejora en la técnica de utilización, lo que supuso una recuperación en una habitación de un hospital, durante más de nueve meses, con una tracción de la pierna con una polea de la que colgaba el peso extensor, lo que provocó dos cuestiones de suma importancia…, se convirtió en el mayor experto en el control naval del puerto de La Luz y consiguió el paso de mi madre de la situación de preocupación a la de angustia, pues si antes se sentía lejos de la ayuda y comprensión de su familia, con esto se vio angustiada frente a la situación de seguir una vida «normal» con dos hijos todavía pequeños y seguir la atención de su marido en el hospital, que la forzaba a largas jornadas con trasiegos constantes para llevarnos al colegio (debe entenderse que entonces no se comía en los colegios, ni había servicio de guaguas, lo que forzaba a llevar a los hijos por la mañana, recogerlos al medio día, para llevarlos por la tarde y volver a recogerlos a eso de las seis de la tarde), que además era distinto, resultado…, imposible de aguantar.

Mi padre pide el traslado y envían a un directivo desde la central en Francia para tratar del tema y ayudarle en la situación, ya que los resultados de su gestión habían sido tan notables que lo que menos les interesaba era que lo dejara. La insistencia fué tal por parte de mi madre que no hubo solución para el tema y le proponen trasladarse a Málaga, donde debería hacer prácticamente lo mismo que en Canarias, ya que en Málaga se estaba produciendo el boom de Torremolinos y Marbella, La respuesta de mi padre no la sabemos pero la de mi madre fué clara, «no». Ella necesitaba volver a Zaragoza o similar y se vuelve a producir la misma situación que anteriormente, pues seguía el mismo director. Como opción alternativa se le propone Bilbao, donde podía incorporarse como director, pero surgió un problema, la recuperación no era total y por tanto debía seguir los tratamientos en el hospital, consecuencia, debía esperar de dos a tres meses para su traslado. No obstante confirman Bilbao, dado que en Vitoria se encontraba la hermana mayor de mi madre, Rosario, que había actuado como madre de todos los hermanos ante la falta de lo abuela y el segundo casamiento del abuelo con una mujer, también viuda que contaba también con varios hijos. El resultado de todo esto es que cuando pudo trasladarse, la situación de Bilbao había sido tan comprometida que desde Francia habían decidido enviar a un nuevo director desde la central francesa, como remedio alternativo y que cuando mi padre se traslada para tomar posesión del puesto, se había hecho tanto con él que había decidido continuar en el mismo lo que hace que mi padre deba ejercer como sub-director, es decir el mismo puesto que hubiese tenido en Zaragoza, pero esta vez en Bilbao. Este destino nos supuso cuatro años de permanencia, sin mucho entusiasmo por la situación, que además se complica por la situación social que se produce en ese País Vasco en ese momento con la presencia y actividad constante de ETA.

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