Mi Familia (IV), País Vasco


Nuestra llegada a Bilbao a principios de 1961 creo que fué un poco decepcionante para todos y es que la entrada la realizamos en tren que en aquel momento eran de carbón y el paso de cientos por los carriles de acceso a la estación central habían tenido efectos nefastos para los edificios que aparecían con una patena oscura, muy oscura, lo que daba el aspecto lúgubre a una entrada que si además le unes que estaba lloviendo, contrastaba de forma evidente con las imágenes que unas horas antes dejábamos atrás, repletas de sol, luz y ambiente cálido.
Esta sensación creo que la mantuvimos durante toda nuestra estancia pues los motivos de nuestra salida no fueron mejores como después veremos.
Desde la dirección de la empresa ya habían tenido la cortesía de la gestión de nuestra estancia, lo que permitió dirigirnos directamente a ella y no la abandonamos hasta nuestra salida de Bilbao. Era entonces uno de los barrios más céntricos del nuevo Bilbao, junto a la Plaza de La Casilla por su extremo superior, donde entonces no existía la N-634, y «El Parque», hoy denominado Parque de Dª Casilda Iturrizar. Justo enfrente había una cervecería, con numerosas mesas al aire libre que hoy ya no existe.
Justo detrás se encontraba la escuela donde pasé mis primeros meses de estudio y de la que guardo mejores recuerdos ya que conocí a un maestro al que deseo mostrar mi agradecimiento pues gracias a él conseguí «ponerme al día» de lo muy atrasado que iba en los estudios. Se trata de D. Fernando. Era un señor mayor, chaparro y enjuto, siempre con un pitillo en la comisura de los labios, bufanda anudada al cuello y boina calada al mas puro estilo vasco.

Cuando llego al Indautxusco Escola (Escuela de Indauchu), era febrero, totalmente fuera de tiempo de curso normal, pero además recordemos que era el año 1961, por lo que de forma obligada, según mi edad, ya debía haber hecho el denominado «curso de ingreso», curso que debías aprobar para poder iniciar el primer curso del bachillerato y yo no tenía ni siquiera de las denominadas «cartillas» de escritura. De forma inmediata se pone en contacto con mi padre y tienen una conversación que me salvó.
Entonces existía la posibilidad del examen «libre», que consistía en que en lugar de examinarte en la escuela, te examinaba el instituto correspondiente, con un tribunal que te hacía el examen. Para ello debía estudiar todo el curso de «ingreso» en los meses que iban desde ahí a junio, fecha en la que había tribunal para examen libre y posteriormente, preparar todo el curso de primero, que era el que debía aprobar con arreglo a mi edad, en los exámenes de septiembre.
Gracias a él y al apoyo en casa, lo conseguí y nada menos que en las calificaciones de la escuela, que contenían además las del ingreso, todas las asignaturas, las tengo superadas con un 10. Sirvan estas líneas y ahora para mostrar mi mejor recuerdo y cariño para una persona que consiguió que me gustase el estudio. Es magnífico encontrar a personas así que te cambian la vida, simplemente porque lo llevan contenido en su profesionalidad. Gracias.
En estos momentos la situación de España es compleja y el Estado a llegado a un acuerdo que hacía que en todas las escuelas, a las once de la mañana, se parasen las clases y se distribuyera entre todos los alumnos, una pieza de queso y un vaso de leche. Del resto, pues nada que comentar, salvo que esas navidades, en el sótano de la escuela se celebraban distintos actos, de entre los cuales uno consistía en un concurso de villancicos al que se presentaban, distintos grupos e individuos, todos ellos alumnos de la escuela y yo ni corto ni perezoso, me inscribo y actúo. Resultado, gané mis primeras 25Pts., premio al ganador del concurso de villancicos.

Eso me llevó a una situación algo comprometida ya que cuando inicio el siguiente curso en octubre del 61′, lo hago en 2º de bachiller y por tanto, me incorporo al instituyo sin conocer a ninguno del resto de los alumnos pues los grupos y amistades se habían formado en el curso anterior. Grave situación que no superé nunca, puesto que el carácter vasco era totalmente distinto al Canario y tan solo conseguí la amistad/compañía de uno, que vivía frente a mi casa, tampoco era vasco (su padre era comisario del puerto marítimo) y con el que iba y venía cada día, ya que nuestro destino era el mismo instituto. Se llamaba Ceferino y según me dijeron, años después sería detenido y encerrado por pertenecer a la Kale Borroka.
Segundo curso de bachillerato fué bien, pero tercero ya fué otra cosa y supuso que el resultado de junio no fué muy atractivo, cuatro suspensos, y además de las más fuertes, matemáticas, física y química, historia y geografía. Mi desolación fué tan grande que le propuse a mi padre, dejar los estudios. Como siempre, casi no me hizo ni caso. En el piso superior al nuestro, vivía el encargado general de la fabrica y el novio de su hija era ingeniero. Pues bien, al día siguiente me recibía en su casa Antonio, peculiar por una deformación de su pierna derecha que hacía que requiriera de bastón para deambular, pero que fué la mejor muleta que yo he tenido para el resto de mi vida, en cuanto a estudios. Me enseñó a estudiar. Me dio unos conocimientos sobre técnicas de estudio que como consecuencia consiguieron que en prácticamente todas las asignaturas las superara, incluso hasta en la universidad, con cifras nunca inferiores a ocho. Como ejemplo mis estudios universitarios los terminé con un 8.7 de promedio.
No encuentro entre mis recuerdos ninguno más que pueda significar de mi estancia en Bilbao. Conseguí no obstante participar en deportes como el balón-mano y di mis primeros pinitos en uno que podía ayudarme, el judo. No fué aquí pero con el tiempo conseguiría algún que otro logro deportivo en este deporte.
Está claro que el mundo que se apreciaba desde mi entorno, no era muy afectivo y resultaba muy difícil integrarse en él, máxime cuando los recuerdos de un ambiente completamente distinto como el que había vivido en Canarias, me impedía ver posibilidades al respecto. A partir de este concepto, solo las idas y venidas hasta Vitoria para ver a mis tías, hermanas de mi madre, Rosario y Carmen, me proporcionaron algún que otro momento distinto cuando menos, unido a que la presencia de diez ocho primos, que luego fueron diez, siempre abría opciones de relación, máxime cuando cinco de ellos, los de la tía Rosario, eran todos mayores a mi y estaban en actividades que obviamente resultaban atrayentes.

Arturo, el mayor, Luis y Alberto, jugaban al baloncesto y eran buenos, muy buenos. Yo los recordaba, pues antes de ir a Canarias, en Zaragoza, habían pasado por allí, pues formaban parte de la vuelta ciclista a España, ya que formaban parte del club de motocicletas Vespa que según creo fué una de las organizaciones pioneras en el patrocinio de dicha vuelta a España, colmándonos de regalos publicitarios.
De los primos de Carmen, disfrutamos poco, ya que eran menores a nosotros, pero de mi tío Arturo, padre de todos los de Rosario, tengo el recuerdo de haber sido para mí parte muy importante de mi afición a la fotografía ya que el tenía en su casa un laboratorio fotográfico e incluso se atrevía con la coloración de las fotografías en blanco y negro y me enseñó los principios de la fotografía aunque debo decir que los comienzos no fueron nada buenos ya que me inicié entrando en el laboratorio, y cogiendo una caja de papel fotográfico la abrí mientras le preguntaba, «tío, para que sirve esto», y él, con su tranquilidad habitual me dijo, «ahora ya, para nada».